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9/1/13


Respira como si durmiera, levemente, regular como el sonido de las olas en la bahía. Los ojos claros se abren, parpadean, mira ahora a la mujer que le acompaña. Tiende la mano y se sonroja, le habla, ella entiende el sueño que le cuenta, entiende las palabras que nacen de su boca como palomas blancas. Ella es sabia como pocas, guarda para sí la sabiduría de los años. Le dice que una vez soñó lo mismo y tuvo miedo, que lloró hasta que la luz alcanzó las calles de esta ciudad en la que habitan. Le dice algunas cosas, calla, él sonríe un poco y se levanta.

Ahora ella duerme. Es vieja pero hermosa. El niño sigue sonriendo, ríe un poco como los lobos, aúlla. Ella ríe a su vez, rejuvenece. Le acaricia el rostro, este rostro suyo enflaquecido, y le dice que hará pan dulce para la cena. Que no tema, pide ella, pues allá en lo alto de la ciudad nada puede pasarle.

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