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27/10/14

Tenían huesos quebradizos. Se peinaban los cabellos en la noche, largamente, y luego se acostaban en el lecho, exponiendo aquella hermosa desnudez que las vestía. Yo las escuchaba algunas veces, sentada en la quietud de la colina, oía el crepitar de las palabras como insectos agitados, dolientes, heridos de algún mal impronunciable. Tenían el acento de las tierras bajas. El mismo de la madre y también el del hermano, el otro, el hijo muerto y olvidado con el tiempo. Nunca hablaban de aquel niño. De los ojos o las manos, de la risa, de cómo se colgaba de las ramas del castaño. 

(...)

1 comentario:

  1. inquietante

    pd... gracias por compartirnos tu mundo literario
    es un regalo precioso

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