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7/9/16

Tengo las mejillas rojas de las muchachas saciadas. En la distancia, un hombre menciona a una mujer desconocida. Señala la plenitud de la carne, la blancura cremosa de los muslos. El deseo prolongado de tenerla. Un hombre, digo, al que conozco poco, un hombre que ha vivido una vida ordenada, hermosa en su sencillez. Imagina a la mujer con su cabello largo. Con sus dedos agitados, turbios: la mano ordena al sexo que se muestre. Ella piensa en su mirada. No sobre en el sexo, en el cuerpo blanco, pleno, erizado ya por el deseo, sino más allá, una mirada de una lejanía impropia, tal vez nueva incluso para él. Lo imagina pensando en ella como en una mujer. En su día cotidiano, tranquilo, donde él la piensa a veces descuidadamente. Lo imagina allí, ella que tiene las mejillas saciadas, que ha sido atravesada limpiamente, lo imagina como niño o como planta, como hiedra que trepa por el muro de la casa. Sólo le interesa en ese estado alejado del deseo. Su vida de pasos suaves, la voz a veces alzada, diáfana, voz casi de mujer o de caricia. Sólo entonces toma él forma ante sus ojos, toma nombre y temblor junto a su pecho. Le dice que se quede quieto. Déjame mirarte, le pide. Una súplica indolora. Un deseo diluido ya en el tiempo, casi mudo, pero que brota a veces como un río a sus espaldas. La baña. Me baña. Esta mujer desconocida que sólo existe en tu palabra.

2 comentarios:

  1. tus fotos en apariencia pueden parecer atractivas, pero son vacías de contenido, no dicen absolutamente nada más que historias tontas y clichés, va lo mismo para tus palabras...

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    1. También podría ser que tú no tuvieras la sensibilidad suficiente como para apreciarlas... :)

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